En
aquel lugar, primero residencia permanente de su familia hoy un negocio
nocturno, uno de mis mejores amigos acomodó un bar. Un espacio sustentado por
la añoranza de una época gloriosa dentro de la historia de la música y que ostenta
en su decoración a los íconos y personajes arraigados en el colectivo popular.
Conviven entre sus paredes Jimi Hendrix, Bob Marley, Cantinflas, Ramón Valdez,
Trespatines, junto al incesante olor a cigarrillo y una máscara tradicional
indígena cruzada por dos espadas, cortesía de su aporte creativo.
Desde
un rincón, ayudado por un grupo de luces verdes, la lengua roja de los Rolling
Stones, logotipo inmortal de la banda, se ilumina cada fin de semana
precisamente bajo el estante de licores, emanando cierto mensaje subliminal al
compás de una melodía sugerente. Un ambiente ideal que hasta el día de hoy durante
quince años, alberga cientos de ideas, historias, desvaríos, encuentros y
despedidas.
Cuando
había oportunidad camino a casa, los días jueves generalmente, pasaba por ahí.
Mi compañero de innumerables vivencias me recibía con los brazos abiertos. Entre
bocanadas de humo y carcajadas una sucesión de canciones advertía la banda
sonora de nuestras vidas. Se escurrían por los oídos Guns N`Roses, Journey,
Maldita Vecindad, Caifanes. Allí, con ayuda del sistema de amplificación y el accionar
de varias copas vacías; el tambor de la complaciente batería Pearl vibraba, cuando
emocionados subíamos el nivel de los altavoces. Muchos grupos desfilaron por su
escenario. Rostros con acné amantes del punk, alientos etílicos de heavy metal,
mujeres “apasionadas” por el rock, músicos frustrados con ademanes de Productor
musical y noctámbulos de paso en busca de una experiencia.
En
cierta ocasión, ya cerca de la medianoche alcancé a ver que la luz del bar
estaba encendida. Detuve el auto y entré. <<Todavía es pronto para llegar
a casa>>, determinó mi razonamiento. Sentado detrás de su computadora,
plagada de virus y fotografías antiguas, hallé a mi camarada con otra persona. Conversaban tranquilamente acompañados por un vaso de whiskey que
desprendía un moderado tufo a canela, cortesía de un nuevo producto que estaba
promocionándose en la ciudad. Me senté junto a ellos y encendí un cigarrillo,
me integré a su conversación. Inmediatamente la tertulia se puso divertida. El
parloteo recorrió la nostalgia de la época del colegio, los primeros proyectos
laborales, los aliados, las mujeres, los momentos importantes. Y sin darnos
cuenta el tiempo había pasado inadvertido...y no se detenía.
Poco
a poco la charla se hizo más intensa. El nuevo producto resultó un poco inútil en
nuestro convite. Necesitábamos algo más. Un trago sinestésico; de esos que
producen lo que otros no pueden. Esos que incentivan la creación musical. Los
mismos que acompañaron las letras de José José, las memorias de Joaquín Sabina
y hasta las armonías de Robert Plant y Jimmy Page.
Completamente
involucrados en la infatigable tarea de incansables y animosos comensales, otra
botella nos dio la bienvenida. Las primeras frases compartidas quedaron atrás.
Nos detuvimos por un momento a reconocer el presente, a las personas que
formaban parte de él. Nuestra memoria tambaleaba junto a los acordes de una
guitarra que se desprendían del sistema de audio. La algarabía del principio le
cedió paso al sentimentalismo, ese que hace llorar hasta al más “hombre”, al
más puñete, al más hembrero.
Sorpresivamente,
alrededor de dos botellas vacías, un cenicero repleto de historias y viejas palabras
escondidas en la garganta, mi broder
encendió una pantalla led ubicada al frente de nosotros. Mostraba un collage de
imágenes en sepia de tres niños, eran sus hijos. Las fotografías habían sido
escogidas y dispuestas de tal forma que al verlas, un mensaje de cariño incomparable
se filtraba a través de los huesos. La melodía de fondo era perfecta. Perfecta
para el video, para enfatizar los
momentos capturados, la fortuna de ser padre.
Cuando
la reproducción finalizó, entre ojos vidriosos de alcohol, los presentes
elogiamos las virtudes de los hijos. Describimos alguna travesura inolvidable y
coincidimos con varias experiencias en su etapa de crecimiento. Otra vez asomó
el jolgorio.
De
repente, envueltos de un singular aturdimiento los niños del video, aquellos
tiernos muchachos empujaron la puerta del local y entraron. Con una mirada de
fastidio y una voz enérgica, uno de ellos exclamó: <<Papá otra vez
tomando, ya vamos para la casa; mamá
dice que te saquemos de aquí>>Los niños ya no eran pequeños, habían
crecido. Tenían en su rostro la fuerza de la vida; tenían en su cuerpo la
energía de la juventud.
En
nuestra eterna borrachera perdimos la noción del tiempo. ¿En qué momento las
manecillas del reloj se extraviaron? ¿Cuándo pasaron los años, raudos, sin
darnos cuenta? ¿En qué instante nuestros cuerpos siguieron el mismo trayecto en
espiral de una rutina?
Los
gritos y la respectiva petición de abandonar el lugar acompañaron el reflejo de
mi cara sobre el vidrio translúcido de un vaso pegajoso. Después de un sorbo
ligero a un último trago, el infranqueable ringtone del teléfono anunciaba por
enésima vez un problema. Dando dóciles pasos llegué al auto, lo encendí. Al dar
vuelta por la calle misma que me conduciría a casa, recordé en voz alta mis
pensamientos, horas antes de entrar al bar <<Es pronto, hay tiempo
todavía>>
