El árbol

 
Después de algún tiempo, cuando los otoños traspasan el umbral de nuestros días vemos las cosas diferentes, o al menos eso he descubierto. Nos fijamos ahora en detalles que pasaban desapercibidos en cierto momento. Quizás nuestra actualidad busca los fragmentos de instantes encapsulados en el recuerdo de una época feliz.

Mi madre tiene en la casa donde vive una parte que la dedicó exclusivamente a la siembra de plantas y algunas verduras. Se podían ver desde la calle flores rojas y amarillas, varios tallos que apuntaban en dirección serpenteante a la propiedad inmediata del vecino, buscando reconfortarse con la porción de sol que llegaba en esa dirección. “La huerta”, como naturalmente se bautizó, albergó muchas semillas que ofrecieron sus frutos durante años dándole un paisaje armonioso al lugar que contrastaba con el pálido color de las viviendas plantadas a lo largo de la cuadra.

En este entorno de juvenil quietud la huerta crecía radiante, verde, viva; y proyectaba toda la dedicación de mi madre hacia ella. Sin mencionar el constante gorjeo de los pájaros y el sonido de un reducido número de autos que circulaban por la avenida principal, la tranquilidad se percibía.

En un espacio, de los pocos que quedaban, en cierta ocasión se plantó un pequeño árbol. Uno de esos concebidos en los viveros. Era una chirimoya. Casualmente ocupó casi a la perfección el centro del terreno. Se lo cubrió de abono, una tierra rojiza compuesta por hojas, ramas y lombrices. Cuidadosamente las hierbas invasoras eran arrancadas de su tallo para asegurarse de su buen crecimiento, además recibía su cantidad escrupulosa de agua y plaguicidas. Todos mencionaban el sabor incomparable de sus frutos y en un juego mental e imaginario sentíamos la delicia de su pulpa. Sólo nos tocaba esperar a que el tiempo haga su parte.

Sin darnos cuenta los meses trajeron un año y al poco tiempo anunciaron el siguiente. El suelo se cubría de hojas secas, de flores muertas, de fibras consumidas por aves que hicieron del espacio su estratégica morada. Sin embargo los frutos del árbol no brotaban, pero nuestros cuerpos envejecían.

Al cabo de unos cuantos años en dónde sus ramas contemplaron el transitar de las estaciones, su cuidado ya no fue el mismo. La fuerza de otra época sucumbió por el desgaste implacable de la vida. La desazón, el arrepentimiento, las malas decisiones, se apropiaron del lugar.  

La semana anterior, un día muy común en la mañana, pasé de largo frente al árbol. Mis ojos ya ni se acordaban de él, se había perdido entre las hierbas sin arrancar y el cansancio de una espera. Mi madre, su protectora, en un rincón sobre el terreno me anunciaba la noticia. Con un reflejo inexplicable en sus ojos alzó su mano y señaló a una figura, que con aires de gallardía se suspendía en una rama larga y robusta. Por fin el árbol, el de la pulpa exquisita, el fiel testigo de penas y alegrías, nos mostraba orgulloso sus brazos ofreciéndonos aquellos vegetales tan ansiados, verdes y brillantes. Después de diez años, cuando ya no somos iguales; ahora que la incertidumbre habita entre los surcos de la tierra.

Con la ayuda de un trozo de madera que encontré por allí, empujé con su extremo uno de sus frutos. Una baya de mediano tamaño se precipitó al suelo. Rodando algunos metros, llegó hasta los pies de mi madre. La tomó entre sus manos, y exclamó: ¡está tierna, falta de madurar!

Parece ser una macabra coincidencia, pero hoy la huerta es el reflejo del insólito presente en nuestras vidas.

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